La adaptabilidad de los fruticultores europeos frente al cambio climático se está convirtiendo en el factor definitivo para la supervivencia del sector, según el último informe de RaboResearch. La investigación revela que el clima ya no amenaza el volumen global de alimentos, sino que destruye la predictibilidad de los rendimientos, las calidades y las ventanas de cosecha mediante la superposición de heladas, sequías y olas de calor. Esta volatilidad está forzando una reconfiguración geográfica de los cultivos hacia el norte y el este de Europa, ensanchando una brecha financiera entre las grandes corporaciones agrícolas con capacidad de inversión y los pequeños productores tradicionales que carecen de capital para financiar tecnologías de mitigación climática.
El impacto varía según la categoría y la cuenca de producción, con el Mediterráneo bajo un estrés hídrico y térmico sin precedentes que ha reducido, por ejemplo, un 10% la producción citrícola española en la última década. Mientras los frutales de hueso en el sur sufren por la falta de acumulación de frío invernal necesario para la brotación, las frutas de pepita como la manzana y la pera enfrentan «falsas primaveras» que adelantan la floración y exponen los árboles a heladas tardías críticas en Europa Central. Como contraparte, países con climas más fríos como los Países Bajos y Bélgica ganan cuota en el mercado de peras, y naciones del este como Polonia y Serbia atraen inversiones para huertos modernos y protegidos a gran escala.
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